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YO A LOS QUINCE, ¿Y TÚ?



1989. Tres amigas somos invitadas por la familia de una de nosotras a pasar el fin de semana en un camping, en la costa. Me llevan un par de años, por edad y por las características de sus familias gozan de bastante libertad. O eso me parece a mí. Hablan abiertamente de sus relaciones, de los chicos que les gustan, de novios y de las relaciones sexuales que tienen. Básicamente en eso se centran las conversaciones. Las dos han tenido ya varias relaciones sexuales. Yo no, lo más que he hecho es besarme con un novio que tuve en el instituto. La del camping, la “más echada p’alante” tiene un novio en el pueblo que a nuestra llegada viene rápido a su encuentro. Acordamos encontrarnos a la mañana siguiente en un chiringuito de la playa donde trabajan él y su hermano mayor.


Al día siguiente ya en el chiringuito nos presentan al hermano y a su amigo. Entre miradas, silencios y palabras que parecen estar acordadas de antemano, se asignan parejas. El hermano mayor, 6 años mayor que yo, está en su turno del chiringuito y cuando el trabajo se calma se dirige a mí y me invita a alejarnos y tumbarnos en la arena. Pocas palabras, muchos silencios:

-“¿Cómo te llamas?...”

-“¿Y si te quitas las gafas?, estás más bonita…”

Siento un nudo en la garganta y una tensión en todo el cuerpo. Tremendamente insegura y tímida, me siento halagada porque un chico mayor y "experimentado” se fije en mí. Me besa, lo único que siento es el molesto picazón de su barba. Si a mí me gusta él o no, ni lo sé, sé que él me eligió a mí y ya está, sé que eso es así y ya está. Gustarle aligera el peso de mis inseguridades, parece que con eso basta, el resto es lo que toca y punto, y sé lo que toca después.

…Como si todo estuviera previamente acordado…

Él tiene que regresar al trabajo y nosotras ya tenemos que irnos. Nos encontraremos en la noche para ir a la discoteca.


Nos pasan a buscar con las motos, cada una con el que “toca”. La amiga del camping con su noviete. La otra amiga con el amigo del hermano. Yo con el hermano, 6 años mayor que yo. Nunca me he montado en una moto y no sé ni cómo colocarme. Me siento torpe e incómoda, no sé ni donde meter los pies pero no pregunto. Limito mis palabras a monosílabos. Vamos a un local, nos separamos, bailamos y tomamos alcohol. Ya descubrí que cuando bebo aligero el peso de mis inseguridades, así que, bebo… Salimos del local y nos dirigimos no sé a dónde.

En la playa.

Desaparecen todos.

Sé que es como TOCA que sea y sé lo que TOCA a continuación. Ni lo pongo en duda ni lo cuestiono, es así y PUNTO.

…Como si todo estuviera previamente acordado…


No sé donde me encuentro, llega poca luz, el pueblo queda lejos y nos estamos acercando más a la oscuridad. Se escucha el rumor del mar a lo lejos y el ladrido de un perro. El ladrido del perro se acerca, me asusto, él me tranquiliza, dice que no va a saltar. ¡¡¿SALTAR?!! Me siento tensa e intranquila, cada vez estamos más cerca del perro. Los efectos del alcohol no impiden que mi cuerpo se tense más y más a cada paso. Me desconecto de mis deseos reales de alejarme de ahí, de huir. Nos detenemos, me besa. El roce desagradable de su barba con mi piel duele, pero no digo nada, no digo nada, no digo nada, no digo nada…

Nada.

Me toca, me desabrocha, nos tumbamos. El perro ladra cerca. Me toca los senos, no siento nada.

Nada.

Su cuerpo encima del mío.

Pesa.


…Cero caricias + cero afectos + cero ternuras…


Mi cuerpo es piedra mientras se desabrochan botones y cremalleras. No siento nada.

Nada.

Mis piernas abiertas. El peso de su cuerpo encima me duele en las ingles, ¿¡Soy deforme!?, ¿¡estoy tarada!?, ¡¡¡si eso lo hace todo el mundo!!!, ¿¡por qué mi cuerpo no puede!?” Me duelen las piernas, las ingles parece que se me van a romper, su cuerpo pesa, y su barba se hinca en mis mejillas. Estoy pasiva, de piedra, en silencio. Él trata de penetrarme una vez,

y otra vez,

y otra…

y otra…

y otra…

y otra…

y otra…

y otra…

y otra…

y otra…


No sé si el perro deja de ladrar o yo dejo de escuchar su ira. Me duele, me duelen las piernas, pero no digo nada.

Nada.

Inmóvil aguanto su vaivén, su respiración. Yo piedra, yo seca, yo cerrada. Él insistiendo e insistiendo…


…cero caricias + cero afectos + cero ternura…


Lloro, me siento culpable, pido perdón. Se levanta. Me levanta. Nos devolvemos por donde habíamos llegado. Unos pasos. Me detiene. Nos detenemos. Está oscuro. No sé donde estamos. Hay una mesa de madera, no la veo pero la noto. - “No pasa nada, tranquila…”, dice y me abraza y empieza a besarme de nuevo. Yo lloro. No entiendo nada. Nada. Me sienta en la mesa. Me desabrocha y trata de penetrarme de nuevo.

No digo nada. No ofrezco resistencia, miro la oscuridad del cielo mientras mi cuerpo-piedra-cerrado-seco-tenso-duro-bloqueado-inmóvil grita mis silencios.

Trata una y otra vez de penetrarme.

No sé el rato que pasa,...


Nos vamos.


De lejos se escuchan risas, nos estamos acercando donde están reunidos los otros:

-¡¡¡Vaya, vaya!!! ¡¡¡YA ERA HORAAA!!! ¿¿¿¡¡¡dónde os habíais metido parejita???!!! ¡¡¡esos si la pasaron en grande!!! ¡Je! ¡je! ¡Jua! ¡jua!

Mi aspecto, mis pelos bidireccionales con restos de vegetales y arena, mis ropas desmaneadas y medio desabrochadas delatan para ellos el frenesí del más grande de los revolcones. A mí sus palabras me hacen entender que ha pasado mucho rato. Demasiado. No digo nada, enmudezco, nunca contaré a mis amigas lo que ha sucedido de verdad, ni a ellas ni a nadie. Tampoco desmentí lo que había en su imaginario.


Al día siguiente supe el desenlace de sus historias:

La una: - “¡Que va!, la que más se divirtió fuiste tu PUTA!!! yo no hice nada ayer, nos peleamos y el cabrón se fue”.

La otra: - “¡Nunca nada me había dolido tanto! ¡QUÉ DOLOR! ¡NUNCA MÁS!”. Se había estrenado con la penetración anal quedándose reventada, escocida y medio coja por unos días.

0 + 0 + 0 = 0


A un lado el silencio, al otro lado analfabetismo corporal. Se encontraron. Muchas e infinitas ramas pero una misma raíz; la profunda desconexión con el propio ser.

El aprendizaje está servido.



Diciembre 2020


TaT